Esta mañana comía una arepa con un amigo. Conspirando entre bocado y bocado hablábamos de un sinnúmero de temas. Mientras las tripas gruñían le arrancamos varias piedras preciosas a la conversación. En la sombra de la victoria con la firma del Gobernador Cuomo contra del Programa de Comunidades Seguras y saboreando y festejando todo lo que implica. Sin dejar afuera que la lucha es larga y el camino exigente, con ese sabor en el paladar nos adentramos a una reflexión de la realidad de nuestras comunidades. Sin caer en pesimismos, ya que no tengo tiempo para la desesperanza, ya que el tiempo exige y amerita un trabajo mesurado y disciplinado, vemos y experimentamos el colapso de instituciones y una negación de lo que es la realidad. Mas y mas el consentimiento fabricado nos somete a un reino de mentira y de aislamiento. Como resultado nuestra libertad se reduce a una quimera o un lujo para los ricos.
En el Medio Oriente se huele la primavera, y el pueblo empuja por un cambio que cultivan con su sangre y un puñado de semillas en sueños. Sabemos que los deseos y las buenas intenciones no nos llevan lejos. Y así como la mata de tomates necesita el apoyo para que los frutos no se queden en semillas, así ese ímpetu, y creatividad necesita de VISIÓN Y ORGANIZACIÓN para que las aspiraciones que se huelen en el aire se hagan realidad. Esta es la inquietud y semilla que necesitamos sembrar y no quedarnos encajonados en respuestas, soluciones trilladas y que desde hace tiempo no nos han servido. Este es el trabajo al que estamos llamados. Por lo regular nos gusta lo que es explosivo y atrae atención y por lo cual nuestros egos crecen y son alabados en el altar de un culto personal. En realidad necesitamos pagar el costo del cambio y trabajar para preparar que la tierra este dispuesta a recibir la semilla, hacerla crecer en la oscuridad y, con tenacidad, persistencia y mucha ternura, hacerla crecer para que todos gocen de sus frutos de paz y justicia.
Una de las imágenes que me sigue persiguiendo estos días es la del bambú. Que meses y meses pueden pasar sin que haya evidencia de que la semilla crezca. De repente, y a su tiempo, la rama rompe la superficie de la tierra y el bambú se dispara 10 y hasta 30 metros en menos de un año.
Cocinemos el cambio, rindiendo nuestros egos a el fuego de la vida de compromiso con la comunidad que lo transforma todo con sus manos. Lo que marca la diferencia no es tanto lo que se hace pero como se hace y la visión por la cual nos guiamos. Así de lo pequeño se logra lo grande. Así la oscuridad da campo a la luz. Así nuestro rostro se vuelve espejo para el otro. Así nuestra hambre de transformación se alimenta con mas hambre de lucha.
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